alan pauls: la literatura me volvió más inteligente

“La literatura me volvió inteligente”

Alan Pauls habla de la reedición de su primera novela, escrita cuando sólo tenía 21 años: El pudor del pornógrafo (Anagrama). “Es un libro escrito sin la menor sombra de duda. Y era un idiota: no tenía idea de nada, no sabía hacer nada.”. Porno, selfies, amor y delirio.

Por Walter Lezcano.

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El escritor, ensayista y guionista Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) tenía 21 años cuando escribió su primera novela. Le puso En el punto inmóvil y la mandó a un concurso. No ganó. Pero tuvo su premio. Enrique Pezzoni, por ese entonces editor de Sudamericana, se mostró interesado en editarla. Pauls estaba feliz, salvo por un detalle: tenía que cambiarle el título. Al poco tiempo, se le ocurrió el nombre definitivo de su primera obra: El pudor del pornógrafo. Salió en el año 1984 y tenía una imagen poco conocida de Klee en la tapa y una contratapa firmada por Luis Chitarroni. Ahora, treinta años después, la editorial española Anagrama la acaba de reeditar.

El pudor del pornógrafo es el romance epistolario que lleva adelante el consultor sexual de una revista pornográfica con Úrsula, su adorado objeto de amor. Una novela de género, con cierto espíritu anacrónico y de una intensidad sentimental y expresiva que puede rozar la elevada cursilería para los tiempos que corren pero que sirve para verlo y apreciarlo como objeto documental y piedra inaugural en la edificación de una obra que se fue expandiendo y fortaleciendo con el tiempo. Ahí están dos ejemplos que son hitos en la literatura argentina contemporánea para demostrarlo: El factor Borges El pasado.

Dice Alan Pauls en el posfacio inédito de El pudor del pornógrafo: “La reedición, aunque sea en el reino imaginario, despeja o aplaca dudas primerizas: ¿soy un escritor?, ¿quién soy como escritor?, etc. Pero con 30 años de delay el proceso funciona a la inversa. Sobresalta – diana brutal- a todo un batallón de dudas dormidas y las pone de pie. Y les salpica la cara con el agua helada del invierno y las alista… ¿para qué? -me pregunto”.

¿Qué experiencia tuviste al releer tu primera novela luego de 30 años?

Me gustó. Me parece que es un libro muy particular. Me sorprende que a los 21 años pude escribir un libro tan raro, tan idiosincrático. Y a la vez me parece que es un libro que tiene muchas articulaciones con todo lo que escribí después. Aun con toda su rareza de primer libro hay algo ahí que profetiza lo que iba a escribir después.

¿Cómo fue escribir una novela a los 21 años?

Fue algo muy rápido: 4 o 5 meses. Un poco urgido por la fecha de presentación de un concurso literario. En ese momento era muy común ver a las fechas de los concursos como plazos para terminar textos. Y también fue escrita en una especie de trance. En esa época vivía todas las cosas un poco así. El libro tiene mucho de lo que yo leía en ese momento. Es un libro de experimentación también: muchas lecturas, muchos problemas literarios y filosóficos que yo abordaba en otros aspectos de mi trabajo con la crítica y que están en el libro.

El libro tiene un componente pasional exasperado. ¿Hubo en el proceso de escritura la utilización de algún elemento de tu biografía, de tu vida, de tu experiencia?

Si había algo de vida yo no era consciente. No trabajé deliberadamente con materiales propios ni con mi experiencia personal. Lo que sí había como algo muy propio del libro y puesto en escena era esa pasión devota por escribir. En el protagonista se lo ve como en un estado de paroxismo, como esclavizado por el acto de escribir y que no puede hacer ninguna otra cosa. Está obligado a escribir su amor porque no puede experimentarlo. Eso es un núcleo personal fuerte en el sentido de que, por lo que puedo recordar de esa época de mi vida, 20, 21 años, yo no hacía otra cosa que escribir. Si tuviese que decir qué pedazo de vida pasa con cierta conciencia de mi parte al libro es esa parte. La sensación de una especie de sacerdocio literario. Incluso el personaje de la novela tiene algo como de monje en el sentido de que el tipo está encerrado en esa habitación-claustro. Como si fuera una literatura santa, ¿no?

¿A partir de eso se da también la elección del género epistolar?

Sí, un poco también. Me interesaban los géneros que en esa época se decían que eran menores por aglutinar cartas, diarios, testimonios, crónicas personales. Toda la literatura de no ficción en primera persona. Siempre me había interesado eso. Y el libro está tramado con el epistolario de Kafka que es uno de los que más me gustan. La carta siempre me interesó por las ideas que tenía Derrida sobre el tema. Me interesaba el género y cierto dramatismo que es como una marca de estilo.

tapasLa vieja tapa de Sudamericana y la nueva de Anagrama.

Una vez que ya estuvo en circulación y teniendo en cuenta que fue tu primera la novela, ¿de qué forma El pudor del pornógrafo modificó o amplió tu trabajo con la ficción?

Me parece que lo más importante fue que me di cuenta que podía escribir una novela. Cuando empecé a escribir no me di cuenta que podía escribir una. Escribí textos cortos, poesías, cuentos. Ahora, escribir una novela, que tenga un cierto aliento de novela y que eso se sostenga eran cosas que a priori yo no sabía que las iba a poder hacer. Me encantaba leer novelas y soñaba con escribir novelas. Aparte, esta fue la primera novela que escribí. No es que había escrito tres que no me habían gustado. Básicamente me dio esa certeza: ah, bueno, puedo escribir una novela. Y por supuesto me dieron ganas de escribir otras. O sea que también la novela me metió en un cierto proyecto. Lo que es algo muy agradable porque siempre la pasé muy bien escribiendo. Y esos meses que me pasé escribiendo la novela fueron muy intensos, muy divertidos. De abducción. Y quería repetir eso.

¿Te resultó sencillo encarar los siguientes proyectos de novela?

Uno siempre está escribiendo o empezando algo o tomando notas y lo deja. Siempre hay algo escrito sobre lo cual uno se pone a escribir. No hay página en blanco: la página en blanco no existe. Ese es un sueño de los escritores: llegar a la página en blanco. No se parte de una página en blanco, sino más bien de una página demasiado escrita. O sea que nunca hay problemas con eso. Por lo menos para mí. Si hay un problema no tiene que ver con el tema o con el material sino que tiene que ver con otro tipo de encrucijada. Tiene que ver más con ciertos momentos en los que uno por alguna razón quiere reconfigurar las convicciones por las cuales escribe. Y eso creo que explica mucho ciertos silencios de los escritores. A veces los escritores no están particularmente conformes con los instrumentos con los que escriben, ciertos valores o ciertos principios que antes les permitieron escribir, o ciertas creencias o ciertas supersticiones se les vuelven en contra y es ahí cuando dejan de escribir. O tal vez simple agotamiento, cansancio. Y sobreviene la espera para poder cargar cierto combustible. Escribo siempre sobre algo que ya empecé a escribir. No tengo problemas en ese sentido.

¿Considerás que el tiempo ayuda que un escritor aprenda a escribir mejor?

No, no. No hay experiencia en el sentido acumulativo de la palabra. Para mí por lo menos. No hay un capital que se va juntando y que te permite resolver con más soltura que antes los problemas que surgen al escribir. Para mí cada nuevo libro plantea problemas específicos que a su vez reclaman soluciones específicas. Lo difícil es que existan. Para mí la solución siempre es crear algún problema. Y hasta que no empezás a escribir el libro no empezás a escribir el problema. Para mí cada libro es un problema, un enigma, un ovillo, un nudo. Hay algo en la forma de ese nudo que hay que desenredar. Uno tiene que encontrarle una solución específica porque tiene que ver con el mundo que uno inventa. Cada libro exige pensar de otro modo. Entonces es muy difícil acumular nada. Es más, creo que con el tiempo escribir cada libro se me fue volviendo más complejo. Quiero decir: ya no es natural. El pudor del pornógrafo parece escrito como en un proceso espontáneo y es cualquier cosa menos eso. Es un libro muy trabajado, con un personaje que tiene una idea de la escritura muy autoconsciente. Es un libro muy letrado. Ya está la idea de lo que es escribir un libro. No importa que tan buena o mala sea la novela. Hay una conciencia de la literatura en el libro. Y sin embargo es un libro escrito como en un estado de gracia propio de los 20 años. Con el tiempo fui perdiendo esa certeza de que la escritura era algo natural. Ahora hay un gran trabajo de fabricación, de invención, de elaboración y nada me resulta evidente. Empezando por el hecho de que con el tiempo empecé a pensar en la posibilidad de dejar alguna vez de escribir. Eso es algo que jamás había pensado a los 20 años. Se me ocurrió pensar que a los 60 o 70 años ya no tenga más nada que escribir o la escritura en sí no sea el idioma que me interese para pensar. Se aparece como algo posible. Igual es difícil porque mi vida está muy ligada a esto. En ese sentido, para mí la experiencia va en sentido contrario a dar por sentado lo que uno hace. Yo me encuentro más en problemas escribiendo ahora que cuando escribí El pudor…, que es un libro escrito sin la menor sombra de duda. Y era un idiota: no tenía idea de nada, no sabía hacer nada. Porque escribir es la experiencia de escribir. Es no saber lo que vas a escribir. Son todas las equivocaciones porque no sabés lo que vas a escribir. Escribir son todos los caminos equivocados que tomás, todos los errores que cometés, todas las ilusiones que tenés, todas las novedades que descubrís y que disparan el proyecto en cualquier dirección y te obliga a repensar todo.

En tus novelas hay un tono y un ritmo y, sobre todo, una manera de contar muy marcados. ¿Qué lugar ocupan en tus ficciones la creación de una historia sólida y la construcción de personajes que se queden en la memoria de los lectores?

Para mí escribir es básicamente encontrar una cierta frecuencia lingüística, una frecuencia verbal. Todo está subordinado a eso. Que esa frecuencia sea continua o discontinua va depender de los proyectos. Sobre todo en los últimos 10 o 15 años trabajé mucho con una idea de frecuencia continua. Como algo que nunca se corta. No sé si en El pudor eso se nota. Creo que está en un término medio. Antes de releer El pudor pensé que una de las cosas que más me iban a impresionar, como ajeno, como escrito por otro, iba a ser el estilo de la novela. Y me di cuenta que efectivamente el estilo es muy de otro pero al mismo tiempo reconocía una familiaridad. Cierto trabajo con el largo aliento de la frase, por ejemplo. Pero para mí escribir siempre fue eso. Los libros que me gustan no son los que cuentan historias ni inventan personajes más grandes que la vida real ni los que dan cuenta de la época histórica de una manera atinada. Eso me puede interesar también pero sólo si aparecen como arrastrados por algún tipo de flujo, de goce, de cortocircuito verbal o estilístico que me hable literariamente. Que contenga una frecuencia sonora. Si no hay eso es raro que me interese. Y eso está bastante evidente en lo que yo hago. No es la trama lo que me interesa o me interpela en la literatura.

Hay una temática que aparece tanto en tu primera novela, El pudor del pornógrafo, como en la última, Historia del dinero. Es la pornografía. ¿Qué es lo que te resulta atractivo de ese universo?

Sí, me interesaba y me sigue interesando. Ahora menos que antes. Igual es un género que no ha cambiado mucho en 30 años. Lo que cambió fue la visibilidad de la pornografía. Ahora es menos clandestina, menos culpable, es más cultural. La pornografía se volvió parte de la cultura como cualquier otra cosa. En los 60 o 70 era muy difícil que resultara interesante de estudiar seriamente hasta que apareció Susan Sontag hablando de la pornografía y el mundo intelectual dijo: ah, podemos encontrar algún tipo de sentido interesante ahí.

Como buen masturbador fui un consumidor adolescente de pornografía, por supuesto. Y apenas me interesó escribir en serio, y esto fue interesante en mi caso, empecé a leer las revistas porno con interés. En un momento esas revistas eran puro estímulo para mí pero después me atraparon como género. Porque una cosa muy interesante de las revistas pornográficas de esa época era que había que escribirlas y hacía falta escritores para eso. Me acuerdo de tener 13 o 14 años y ver una revista Playboy y hacerme una paja. Y después de hacerme una paja, satisfecho, ponerme a leer el reportaje de 20 páginas de ese número. Y eran reportajes a Marlon Brando o Truman Capote o Nabokov. Eso venía a continuación de la foto de doble página de las minas casi en pelotas. Entonces había una zona de la gráfica sexual que era intermedia entre el objeto simplemente lúbrico, instrumental y un objeto cultural que simplemente se podía leer. Ahí me puse a leer la revista como tal y me empecé a interesar mucho por los géneros epistolarios. El correo sexual de las revistas porno es una sección clásica, institucional. Incluso de las revistas más duras, como Penthouse. Y era algo que me parecía extraordinario. Cómo algo como la pornografía, que es esencialmente un discurso duro: parecería un discurso sin discurso, finalmente tiene su discurso. Todas las minas en pelotas, las orgías, las pijas en primer plano, todo eso estaba obligado a ser acompañadas de texto. Es un género muy atractivo el del correo sexual porque alguien vivió eso que escribe ahí. Donde todos los textos tienen un carácter confesional y representan un imaginario que es el que se vende en la revista. Es un circuito muy extraño en el que la ficción sexual contagia la experiencia de los lectores y a su vez alimenta una prosa entre canchera, desenvuelta y torpe del que escribe en el consultorio sexual. Y siempre tiene una respuesta para todas las consultas. Son respuestas que oscilan siempre entre un cientificismo medio berreta y la psiquiatría sexual endeble. Y en un momento eso me resultó mucho más interesante que las fotos duras de la pornografía. Me pareció que ahí había un objeto complejo que tenía medio las características de los objetos que me gustan incluso hoy: las cosas mixtas, equívocas, etcétera. O sea que la pornografía sigue siendo algo interesante para mí. Tal vez ya no como género. Pero sí me interesa mucho el momento porno de cualquier manifestación cultural elevada. Por ejemplo, me interesa mucho en el cine cuando hay un momento porno: un primer plano de una concha de mujer o Rocco Siffredi llamado para trabajar en una película de arte como la de Catherine Breillat. Me interesa eso: cómo hay un momento en el que por alguna razón el arte tiene como un momento porno. Es ese momento el que se obliga a mostrarlo todo. Y cómo en cierto sentido más allá de que todo sea más visible, tolerable y tolerante mostrarlo todo siga siendo mostrar una pija entrando en una concha o en un culo, no sé, lo que sea. Es raro que eso siga siendo sinónimo de lo porno.

¿Cómo estás en relación a lo que ocurrió en ciertos medios con tu novela El pasado donde parecía que se te veía como un especialista en el amor?

Bueno, siempre dije que lo que yo sabía sobre el amor está escrito en la novela. Y si lo sé, lo sé de esta forma: de una manera novelesca. Si conozco algo de ese mundo lo conozco en un sentido muy específicamente literario. Porque en la vida soy tan víctima del amor como cualquier chichipío que anda por ahí. Lo que sí puedo decir es por qué me interesa el problema del amor, y sobre todo el amor problemático o no consumado o imposible. Y es porque es un motor estético poderoso que produce una fiebre estética extraordinaria. Yo creo mucho en eso. No me interesa particularmente cómo es la relación entre dos que se aman. Lo que me interesa más bien es el tipo de delirio que se arma cuando en una relación hay obstáculos. Eso puede ser una deformidad interesante.

Cambiando de tema. En una nota reciente usaste la expresión “neoanalfabetismo de Twitter”. ¿Cómo ves el tema de las redes sociales y la representación de la figura del escritor en estos ámbitos?

No tengo mucha noción de las redes sociales. No participo de ellas. Tampoco tengo nada en contra de eso. Lo que sí veo de escritores que participan de todo ese mundo es que efectivamente son escritores. Quiero decir, son escritores que escriben, digamos. Y que por más vivo y genial que tengas el Twitter o tu Facebook en el momento que tenés que escribir una novela tenés que sentarte y ponerte con eso y escribir una novela. Y no lo vas a lograr enhebrando 6 millones de tweets de 140 caracteres cada uno. Cuando Daniel Link, que es un tipo de mi generación que está muy en sincro con el mundo tecno comunicacional contemporáneo, escribe La Ansiedadhace ya mucho tiempo, una novela que está hecho de mails, es un escritor que escribe una novela. Es como Puig cuando escribe La traición de Rita Hayworth o Boquitas pintadas Sangre de amor correspondidoLa Ansiedad es una novela con inventos tecnológicos con máquinas de registrar y de reproducir, etcétera. Por más que se piense que estar en las redes sociales es la manera de ser tecno hoy te digo: escribir es escribir. Yo creo que en todo caso tengo una cierta percepción de lo que hay en las redes sociales en términos de “nueva sociedad”, te podría decir. Es más algo social que comunidad literaria. Supongo que lo que yo podría decir sobre eso sería bastante convencional: la vida personal y la exhibición, selfies y no sé qué, la maledicencia y la lógica del chisme, pavadas, todas pavadas. No me interesa mucho eso.

La última. Aparte de la literatura y los ensayos y notas trabajás mucho con la escritura de guiones. Sé que ahora estás con la adaptación de La pista de hielo de Roberto Bolaño.

Sí, estoy en pleno proceso de eso. Vamos por la mitad. Me gusta más trabajar con adaptaciones.

Lo que te quería preguntar, como para cerrar es, teniendo en cuenta estos dos tipos de lecturas a las cuales estás muy ligado: la del espectador y la del lector, ¿cuál de estas dos actividades te produjo mayores satisfacciones?

Son dos cosas muy diferentes para mí. Las dos son intensísimas. Pero la diferencia para mí más importante es que el placer de ver películas involucra un cierto extravío. Por más analítico que yo sea en el cine, ya sea frente a la película más mainstream de Hollywood o a la más sofisticada, exigente, siempre tuve un hechizo, si querés, un rapto, y esa es una experiencia en el cine muy fuerte. Yo voy al cine a que me rapten. En cambio con la lectura siempre fue una experiencia como de compañía, te diría. Para mí la literatura es como interlocución: contrastar con algo, con una voz, contrastar con una memoria, con una experiencia del lenguaje. Y en ese sentido nunca tuve raptos leyendo. La lectura es entrar en un régimen de intercambio, de tráfico. Hay una economía en leer que no existe en el ver. En el ver hay un goce de ser secuestrado, por supuesto con mucha recepción. Incluso en mi infancia, frente a las primeras películas que vi fui un espectador completamente entregado. Tipo: secuéstrenme, viólenme, róbenme. Y no recuerdo nada de eso, de que suceda algo como eso, al leer. Yo creo que la literatura me volvió inteligente. Y no creo que el cine me haya hecho sentir eso necesariamente.

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